miércoles, 22 de agosto de 2012

Reflexión miércoles, 22 de agosto de 2012

La teoría de todo
David C. Egner

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles…” —Colosenses 1:16

Los científicos han estado buscando la «teoría de todo». El que piensa que la encontró es el físico Brian Greene, que escribió El universo elegante: supercuerdas, dimensiones ocultas y la búsqueda de una teoría final. Su «teoría de la cuerda» es un concepto complicado que sugiere que todas las cosas, en su nivel más diminuto, son una combinación de filamentos vibratorios o cuerdas. Ha descrito su teoría como «una estructura con la capacidad de responder a cada aspecto sobre el cual está construido el mundo».
 
A través de los años, pensadores desde Newton, pasando por Einstein y Hawking, y llegando a Greene, han dedicado gran parte de su vida a averiguar cómo funciona el universo, y han propuesto teorías fascinantes.
 
En realidad, para que una teoría explique de manera adecuada todo lo que existe en el universo, debe empezar y terminar en Dios. «… todas las cosas, […] visibles e invisibles» (Colosenses 1:16) se originan en Él y existen para su gloria (Salmo 72:19). Los primeros versículos del Evangelio de Juan nos dicen que nuestro Señor creó el universo y que, sin su mano creadora, no existiría nada.
 
Por esta razón, cuando pensamos en el mundo y en todo lo que contiene, podemos exclamar con Isaías: «Toda la tierra está llena de su gloria» (6:3). ¡Alabemos su santo nombre!

“Toda la creación es un dedo extendido que apunta hacia Dios.”

Lectura del día: Juan 1:1-13

martes, 21 de agosto de 2012

Reflexión martes, 21 de agosto de 2012

Aguzarnos mutuamente
Dennis Fisher

“Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo.” —Proverbios 27:17

Las redes sociales en Internet están creciendo. Aunque las personas estén a mucha distancia, pueden compartir ideas y encontrar un oído atento de sus conocidos en línea. Los blogs, los twits, los correos electrónicos y los sitios web ofrecen otras formas de poder recibir y brindar guía espiritual.
 
Pero también es valioso encontrarse cara a cara con creyentes maduros, para aprender. «[Eliseo] fue tras Elías» (1 Reyes 19:21). Pablo le enseñó a Timoteo como a un «verdadero hijo en la fe» (1 Timoteo 1:2), e incluso lo instruyó para que estableciera una cadena de enseñanza que multiplicara el crecimiento espiritual (2 Timoteo 2:2). Moisés exhortó a los padres a enseñarles a los hijos durante el día: «estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:7). El Maestro de los maestros, Cristo, demostró cómo enseñar: «Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar» (Marcos 3:14).
 
En estos pasajes, vemos la importancia de encontrarse cara a cara en diversos entornos para poder aguzarnos espiritualmente unos a otros (Proverbios 27:17). En la travesía de la vida, hay momentos en que podemos beneficiarnos con la ayuda de un guía sabio o brindarle el mismo servicio a alguien que quiera seguirnos.

“Nos necesitamos unos a otros para llegar adonde Dios quiere que vayamos.”

Lectura del día: 1 Reyes 19:19-21

lunes, 20 de agosto de 2012

Reflexión lunes, 20 de agosto de 2012

Sin recompensa
Philip Yancey

“… tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” —Mateo 6:18

La mayoría de nosotros espera que los amigos y los colegas nos recompensen: una palmada en el hombro, una medalla de héroe, un aplauso, un elogio sincero. Pero, según Jesús, las recompensas más importantes llegan después de la muerte. Es posible que las acciones más significativas de todas se hagan en secreto y que Dios sea el único que las vea. En pocas palabras, el mensaje del reino es este: Vive para Dios y no para los demás.
 
Jesús explicó que estamos acumulando una especie de cuenta de ahorros, guardando «tesoros en el cielo» (Mateo 6:20) y no en la tierra; tesoros tan extraordinarios que compensarán todo sufrimiento. El Antiguo Testamento ha dejado unos pocos indicios sobre la vida después de la muerte, pero Jesús habló claramente de un lugar donde «los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre» (Mateo 13:43).
 
En su búsqueda de un reino, los judíos de la época de Jesús habían estado tratando de encontrar señales de la aprobación divina en esta vida; en especial, mediante la prosperidad y el poder político. Al principio de su discurso, el Señor cambió el enfoque hacia la vida venidera (cap. 6). Descartó el éxito en este mundo visible y alertó a invertir en la vida futura. Después de todo, el óxido, un ladrón o un pequeño insecto pueden destruir todo lo que acumulamos (v. 20).

“La recompensa en la eternidad no depende del reconocimiento terrenal.”

Lectura del día: Mateo 6:1-4, 19-21

viernes, 17 de agosto de 2012

Reflexión viernes, 17 de agosto de 2012

Estan observando
Bill Crowder

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre…” —Mateo 5:16

El equipo de un jugador de fútbol profesional estaba pasando por una mala racha, derrotado una semana tras otra. Un periodista le preguntó cómo hacía para seguir motivado para jugar bien y dar lo mejor de sí aunque su equipo perdía casi todos los juegos. Él respondió: «Mi papá está viendo el partido. Mi mamá está viendo el partido. ¡Puedes estar seguro de que voy a dar lo mejor de mí!». Reconocía que había más en juego que el solo hecho de ganar o perder. Había gente mirando, y eso siempre lo inducía a esforzarse al máximo.
 
Jesús nos recordó esta verdad en los primeros textos de su Sermón del Monte. Debemos vivir nuestra vida teniendo presente que aquellos que nos rodean están observando lo que hacemos… y que este andar visible dice mucho acerca de nuestro Dios. El Señor dijo: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). ¿Cómo brilla la luz de nuestra vida? Aplicando el corazón y el carácter de Cristo a las situaciones que experimentamos cada día; mostrando compasión hacia los marginados y abandonados, como Él lo hizo; teniendo presente el nombre y la reputación del Padre celestial.
 
La gente está observándonos. La pregunta es: ¿Qué ven?

“Deja que tu luz brille… aunque seas una vela en un rincón o un faro sobre una colina.”

Lectura del día: Mateo 5:13-16

viernes, 10 de agosto de 2012

Reflexión viernes, 10 de agosto de 2012

Buscar y salvar
Marvin Williams

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” —Lucas 19:10

Lachlan Macquiarie, gobernador de Nueva Gales del Sur entre 1810 y 1821, tenía una manera de hacer que todos se sintieran participantes de la nueva colonia. Cuando los «exclusivistas» (los colonos fundadores, los funcionarios públicos y los militares) evitaban asociarse con los «emancipados» (los convictos llevados a allí bajo libertad condicional o perdonados), el gobernador insistía en que los trataran como socialmente iguales.
 
Jesús mostró interés por Zaqueo, un despreciado cobrador de impuestos en Jericó, y lo incluyó entre los receptores de su plan de salvación (Lucas 19:1-10). Marginado y aborrecido por causa de su profesión, Zaqueo estaba desesperado por conocer a Jesús y trepó a un árbol para alcanzar a verlo. Cuando el Señor pasó por allí, percibió el deseo de este hombre y le dijo que bajara porque tenía una cita divina en su casa. Algunos se quejaron de que Jesús pasara tiempo con un pecador, pero su amorosa atención a Zaqueo transformó la vida de este hombre, el cual se arrepintió y ofreció resarcir a los que había defraudado. La salvación había llegado a su casa.
 
La misión de Jesús era sencilla: Con diligencia, buscaba a las personas perdidas, cualquiera que fuera su condición social, y les ofrecía el plan de salvación de Dios. Como seguidores de Cristo, esta es también nuestra misión.

“La misión de Cristo es nuestra misión.”

Lectura del día: Lucas 19:1-10

jueves, 9 de agosto de 2012

Reflexión jueves, 9 de agosto de 2012

Consuelo en el cautiverio
Dennis Fisher

“Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios.” —Isaías 40:1

El 10 de febrero de 1675, cincuenta familias de las colinas de Lancaster, Massachusetts, temían una posible matanza a manos de nativos norteamericanos. Joseph Rowlandson, el pastor puritano de la aldea, estaba en Boston rogándole protección al gobernador, mientras su esposa Mary se había quedado en casa con sus hijos. Al amanecer, los colonos fueron atacados. Después de matar a algunos de ellos, se llevaron cautivos a Mary y a otros sobrevivientes.
 
Los captores trataron a esta mujer tanto con bondad como con crueldad. Los nativos norteamericanos, conscientes de la religiosidad de los colonos, le dieron a ella una Biblia que habían confiscado. Más tarde, Mary escribiría en sus memorias sobre la «bondad [de Dios] al poner en mi mano tantos pasajes consoladores y apropiados de las Escrituras en medio de mi desesperación». La Palabra de Dios fue su gran consuelo hasta que los colonos la rescataron el 2 de mayo.
 
Cuando la nación de Judá esperaba ser llevada cautiva por una potencia extranjera (Isaías 39:5-7), es probable que el pueblo estuviera tremendamente desesperado. Pero aun en aquella horrible expectativa, las palabras de Dios brindaron consuelo: «La palabra del Señor que has hablado es buena» (v. 8).
 
¿Algunas circunstancias más allá de tu control te han tomado cautivo? Si es así, lee la Palabra y medita en ella… y experimenta el consuelo de Dios.

“La Palabra de Dios es la verdadera fuente de consuelo.”

Lectura del día: Isaías 39:5-40:5

miércoles, 8 de agosto de 2012

Reflexión miércoles, 8 de agosto de 2012

Ganadores y perdedores
Dave Branon

“… con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.” —Filipenses 2:3

Cuando terminó la final de la Liga de Fútbol Americano y los Green Bay Packers les ganaron a los Bears [Osos] de Chicago, mi hija Lisa notó que Eliana, su hijita de cuatro años, estaba llorando. Le pareció extraño, ya que a ninguno de los padres de la niña le interesaba particularmente quién ganara el juego.
 
Cuando Lisa le preguntó por qué lloraba, ella dijo: «Me dan lástima los Osos. Parecen tan tristes».
 
¿Podemos aprender de una niñita alguna lección sobre la compasión? En un mundo donde ganar es tan importante y donde los perdedores son rechazados, olvidados y tratados injustamente, necesitamos recordar esto: Cuando vemos que otros lidian con una pérdida, ¿estamos dispuestos a llorar con ellos, darles un abrazo y ofrecerles ayuda?
 
Varios pasajes de las Escrituras nos desafían a tratar a los demás con compasión. Filipenses 2:1-3 nos dice que pensemos más en los demás que en nosotros mismos, que nos ocupemos de sus necesidades y no solo de las nuestras. En 1 Pedro 3:8-12, se nos recuerda que la compasión significa tratar a los demás «fraternalmente». Y Colosenses 3:12-15 declara que la misericordia, la bondad y la humildad son pruebas de que Dios nos ha redimido.
 
Mira a tu alrededor. ¿Ves a alguien que esté atravesando una difícil pérdida? Haz algo más que sentir pena por esa persona. Muéstrale tu compasión y el amor de Dios.

“Una medida de nuestra semejanza a Cristo es la sensibilidad ante el sufrimiento de los demás.”

Lectura del día: 1 Pedro 3:8-12

lunes, 6 de agosto de 2012

Reflexión lunes, 6 de agosto de 2012

Siempre
Joe Stowell

“… estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” —1 Tesalonicenses 4:17-18

Me encantan las palabras siempre y nunca. ¡Contienen tanta esperanza! Me gustaría pensar que podría ser feliz siempre y que la vida nunca va a decepcionarme. Pero la realidad dice que no siempre seré feliz y que las cosas que espero que nunca sucedan tal vez ocurran. Entonces, por más buenas que suenen estas palabras, luchan por lograr su máximo potencial… a menos que uno piense en la promesa de la presencia de Jesús.
 
A un grupo de discípulos preocupados que temían enfrentarse solos a la vida, Jesús les dijo: «yo estoy con vosotros todos los días» (Mateo 28:20). El escritor de Hebreos nos recuerda que el Señor también declaró: «No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré» (Hebreos 13:5-6). Y el apóstol Pablo les asegura a los creyentes que, después de la muerte: «estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4:17). ¡Qué alentador!
 
Independientemente de lo tenebroso que pueda parecer hoy nuestro camino o de lo desesperanzado que veamos nuestro futuro, la certeza de la presencia permanente de Dios puede brindarnos el coraje y el consuelo para seguir adelante. Y lo mejor de todo es que, cuando esta corta vida se termine, estaremos siempre con Él. Con razón, Pablo nos exhorta: «Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (v. 18).

“La confianza de la presencia de Dios nos consuela.”

Lectura del día: 1 Tesalonicenses 4:13-18

viernes, 3 de agosto de 2012

Reflexión viernes, 3 de agosto de 2012

Fe con obras
Albert Lee

"Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma." —Santiago 2:17

Debido a su artritis, Roger no pudo soportar más los inviernos de Illinois, en Estados Unidos, y se mudó a la tropical Bangkok, en Tailandia. Un día, recordó la canción favorita de su abuela, «Lo que eres»: Lo que eres habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices. La gente mira cómo andas, no escucha lo que dices; te juzgan por tus acciones cotidianas.
 
Esta canción impulsó a Roger a dar de comer a personas que no tenían una casa y que vivían en un trecho de 800 metros junto a un camino. Todas las mañanas, servía comida caliente a más de 45 familias. Años después, una de aquellas mujeres aceptó a Cristo como Salvador y buscó a Roger para agradecerle por haberle mostrado el amor de Dios.
 
En Santiago, se nos dice claramente que la fe sin las obras está muerta (2:17). No significa que las obras producirán fe, sino que confirmarán que nuestra fe es verdadera. Es fácil decir que creemos en Dios, pero nuestras obras pueden demostrar la veracidad de nuestras palabras. Abraham fue un ejemplo de esto: no solamente anduvo por fe, sino que la demostró al estar dispuesto a entregar a su hijo para obedecer a Dios (Santiago 2:21-24; ver Génesis 22:1-18). Y a Isaac se le perdonó la vida.
 
¿Cómo podemos demostrar hoy de manera práctica que amamos a Dios y que confiamos en Él?

Lo que cuenta no es la fe y las obras, ni la fe o las obras, sino la fe que obra.

Lectura del día: Santiago 2:14-26