martes, 30 de noviembre de 2010

Reflexión martes, 30 de noviembre de 2010

¿Posible o real?
Bill Crowder

“Cristo murió por nuestros pecados, […] fue sepultado, y […] resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” —1 Corintios 15:3-4

Hace unos años, vimos que la moda del brazalete con la inscripción «WWJD» (sigla en inglés de «¿Qué haría Jesús?») invadió la comunidad cristiana. La idea era recordarles beneficiosamente a muchas personas que consideraran el sentir y los pensamientos de Jesús cuando tomaran decisiones. Al procurar vivir de una manera que honre al Salvador, es apropiado comparar nuestras actitudes y elecciones con el ejemplo que nos dejó nuestro Señor.
 
Sin embargo, hace poco estuve en una iglesia donde vi un mensaje levemente diferente. El cartel decía: «WDJD», sigla que significa en inglés: «¿Qué hizo Jesús?». En realidad, esta pregunta es más importante porque nuestra salvación depende de ella. Entre las acciones maravillosas del Hijo de Dios, se destacan los acontecimientos descritos en 1 Corintios 15:3-4: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras».
 
¿Qué hizo Jesús? Cargó sobre sí el sufrimiento y la culpa por nuestra maldad y pagó la pena que nos correspondía a nosotros. Él murió y conquistó la muerte para que pudiéramos vivir. Y la realidad es que nunca seremos capaces de entender plenamente qué haría Jesús hasta que hayamos aceptado lo que hizo por nosotros en la cruz.

“No somos salvos por lo que nosotros hacemos, sino por confiar en lo que Cristo hizo.”

Lectura del día: 1 Corintios 15:1-11

lunes, 29 de noviembre de 2010

Reflexión lunes, 29 de noviembre de 2010

¿Qué tienes en tu mano?
Dennis Fisher

“Y Jehová dijo [a Moisés]: ¿Qué es eso que tienes en tu mano?” —Éxodo 4:2 

Si tiendes a desesperar por las oportunidades perdidas o si te preocupa el futuro, pregúntate esto: «¿Qué tengo delante de mí?». En otras palabras, ¿de qué circunstancias o relaciones interpersonales dispones en este momento? Esta pregunta puede quitar tu mente del pasado o de un futuro atemorizante y enfocarla en lo que Dios puede hacer en tu vida.
 
Se asemeja a lo que Dios le preguntó a Moisés en la zarza ardiente. Este hombre estaba preocupado, y al ser consciente de su propia debilidad, expresó su temor en cuanto al llamado del Señor para que liberara al pueblo de Israel de la esclavitud. Entonces, el Señor simplemente le preguntó: «¿Qué es eso que tienes en tu mano?» (Éxodo 4:2). Dios hizo que Moisés dejara de preocuparse particularmente por el futuro y le sugirió que observara lo que tenía justo delante de él: la vara de un pastor. El Señor le mostró que podría usar esa simple caña para realizar milagros, como una señal para las personas incrédulas. A medida que crecía la confianza de Moisés en Dios, así también aumentaba la magnitud de las maravillas que el Señor hacía por medio de Su siervo.
 
¿Piensas demasiado en los fracasos del pasado? Recuerda la pregunta del Señor: «¿Qué es eso que tienes en tu mano?». ¿Qué circunstancias y vínculos presentes puede Él utilizar para tu beneficio y para Su gloria? Coloca estas cosas —y tu vida— en manos de Dios.

“No puedes cambiar el pasado, pero arruinarás el presente si te preocupas por el futuro.”

Lectura del día: Éxodo 4:1-5

domingo, 28 de noviembre de 2010

Reflexión domingo, 28 de noviembre de 2010

Colección Celestial
Joe Stowell

"No os hagáis tesoros en la tierra […]; sino haceos tesoros en el cielo." —Mateo 6:19-20

A la gente le encanta coleccionar cosas: desde fotos de deportistas hasta estampillas y monedas. Y aunque esta actividad puede ser un pasatiempo divertido, da que pensar que cuando dejemos este mundo, todo lo que tenemos se convertirá en parte de la colección de otra persona. ¿De qué vale haber recolectado mucho en la tierra, pero poco o nada para la eternidad?
 
Jesús tenía algo que decir sobre esto. Hablándoles a Sus discípulos, dijo: «… haceos tesoros en el cielo, donde ni la pollita ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan» (Mateo 6:20).
 
Los tesoros eternos nunca pierden valor; jamás se echan a perder ni son robados. Y sólo piensa en esto: ¡podemos de verdad acumularlos! ¿Cómo? Mediante actos de servicio; guiando a otras personas a Jesús; siendo compasivos con los necesitados; viviendo según la voluntad y los caminos del Señor. En el Evangelio de Marcos, leemos que Jesús probó el corazón del joven rico, cuando le pidió que vendiera todo lo que tenía, que les diera el dinero a los pobres y que lo siguiera. La respuesta del joven reveló lo que él realmente valoraba (10:21-22).
 
Es fácil enamorarse de cosas terrenales; sin embargo, cuando decides seguir a Jesús, Él te mostrará el gozo de coleccionar tesoros celestiales. ¡No hay nada en la tierra que se le compare!

"Aférrate a lo eterno y sujeta apenas lo temporal."

Lectura del día: Mateo 6:19-21

sábado, 27 de noviembre de 2010

Reflexión sábado, 27 de noviembre de 2010

Despedida de Ernie
Dave Branon

“… He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.” —2 Corintios 6:2

El 30 de septiembre de 2009, el columnista Mitch Albom se sentó en el escenario de Fox Theater, en Detroit, para entrevistar a Ernie Harwell, uno de los hombres más queridos en el deporte norteamericano. Harwell pasó más de 50 años como comentarista radial, dedicado mayormente a transmitir juegos del equipo de béisbol Detroit Tigers. Su amabilidad, humildad y calidez como locutor impactaban de manera increíble a todos los que lo conocían.
 
Cuando Albom lo entrevistó, Ernie tenía 91 años y acababa de anunciar que padecía un cáncer incurable. Sin embargo, mientras hablaba, no buscó hacer que la gente le sintiera lástima, sino que quiso hablar de la noche de 1961 cuando confió en Jesucristo como su Salvador. Así fue que una de las últimas veces que este locutor, integrante del Salón de la Fama, hablaría en público, concluyó diciendo: «No sé cuántos días me quedan […, pero] sí sé […] en los brazos de quién voy a terminar y lo tremendamente grandioso que será el cielo».
 
¡Ernie anticipaba algo especial! Sabía que Dios le tenía preparado un glorioso hogar celestial (Juan 14:2-3; Filipenses 1:21-23), por eso, podía enfrentar la muerte y alabar al Señor. ¿Tienes tú esta confianza? ¿Estás seguro de que Sus brazos están aguardando para darte la bienvenida a casa? En definitiva, lo único que importa es eso.

“Para el creyente, la muerte significa cielo, felicidad y el Señor Jesús.”

Lectura del día: 2 Corintios 5:6-8

viernes, 26 de noviembre de 2010

Reflexión viernes, 26 de noviembre de 2010

Escuela de avanzada
Philip Yancey

“… Jehová es la fortaleza de mi vida.” —Salmo 27:1

Tendemos a dividir la vida en categorías: llenamos nuestros días de ocupaciones tales como el trabajo, los recados, las tareas del hogar, el cuidado de los niños; y después, tratamos de forjarnos tiempo para actividades «espirituales» como la iglesia, los grupos pequeños, las devociones personales.
 
No veo esta división en los salmos. De alguna manera, David y los demás poetas se las arreglaban para hacer que Dios fuera el eje gravitacional de sus vidas, de modo que todo se relacionara con Él. Para ellos, la adoración era una actividad esencial en la vida; no algo que cumplir al pasar, a fin de poder reasumir las otras actividades. Todos nosotros necesitamos experimentar el proceso de permitir que el Señor esté en cada detalle de nuestra vida.
 
Para mí, los salmos se han convertido en un paso en dicho proceso de reconocer el lugar central que le corresponde al Dios verdadero. Los salmistas tienen un ansia, un deseo y un hambre del Señor que, en comparación, los míos parecen anémicos. Jadeaban con la lengua afuera anhelando a Dios, como lo hace un ciervo exhausto y sediento de agua (42:1-2). Yacían despiertos durante la noche soñando con «la hermosura de Jehová» (27:4). Preferían pasar un día en la presencia del Señor que mil años en otra parte (84:10).
 
Estos poetas estaban inscritos en «la escuela de avanzada de la fe». Quizá al leer los salmos se nos pegue un poco de esto.

“Para tener un corazón para Dios, entrégaselo a Él por completo.”

Lectura del día: Salmo 27

jueves, 25 de noviembre de 2010

Reflexión jueves, 25 de noviembre de 2010

Damos gracias a Dios
David C. McCasland

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.” —Proverbios 3:5

El esposo de Anna Anderson murió al poco tiempo de casados, y ella quedó con tres hijas pequeñas y un futuro complicado. Aunque había estudiado para ser maestra en Virginia, no estaba habilitada para trabajar en las escuelas de Filadelfia; por lo tanto, lavaba ropa, planchaba y, más tarde, limpiaba pisos en una inmensa tienda de ventas. Por ser afroamericanas, estas personas suelen enfrentar prejuicios y discriminación raciales. Cuando las puertas de la oportunidad se cerraban, Anna creía que si confiaba en el Señor de todo corazón y lo reconocía en todos sus caminos, Él dirigiría sus pasos (Proverbios 3:5-6). Les enseñó a sus hijas a depender de Dios, a seguirlo y a estar siempre agradecidas.
 
Cuando Marian, su primogénita, alcanzó fama internacional como cantante clásica, Anna seguía orando por ella, y siempre le atribuía a Dios el reconocimiento por el éxito de su hija. Los periodistas que le preguntaron cómo se sentía después de asistir al concierto de Marian en el Carnegie Hall y en su debut con la Metropolitan Opera, la escucharon decir: «Damos gracias a Dios». Su respuesta no era un cliché, sino una gratitud sincera al Señor.
 
En vez de lamentarse por lo que le faltaba, Anna Anderson agradecía por lo que tenía y lo utilizaba para la gloria del Señor. Hoy podemos seguir su ejemplo con fe y confianza, y desde lo profundo de nuestro corazón decir: «Damos gracias a Dios».

“La gratitud es una marca de santidad.”

Lectura del día: Proverbios 3:1-12

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Reflexión miércoles, 24 de noviembre de 2010

Restaurar el orden
Julie Ackerman Link

“… se levantará el sol de justicia trayendo en sus rayos salud.” —Malaquías 4:2

Mientras miraba a los miembros de mi familia alrededor de la mesa para celebrar el Día de Acción de Gracias, sonreí ante la variedad de talentos que había. En un extremo estaban sentados médicos; en el otro, músicos. Gracias a los primeros, los cuerpos humanos funcionan con más eficacia; y a los segundos, sonidos hermosos elevan nuestro espíritu y tranquilizan nuestra mente turbada.
 
Aunque sus capacidades son sumamente distintas, tanto unos como otros dependen de una misma cosa: un universo ordenado. Sin orden, no habría previsibilidad; si no hubiera previsibilidad, nos habría ni música ni medicina.
 
Dentro del orden mundial, la enfermedad es una señal de que algo está «fuera de orden». La sanidad es un indicio de que, un día, Dios restaurará todas las cosas a su estado original (Hechos 3:21). Cuando Juan el Bautista quiso saber si Jesús era «el que había de venir», el Señor le respondió: «Id, y haced saber a Juan […]: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio» (Lucas 7:20-22). La recuperación de la salud comprobaba que Jesús era el Mesías de Israel (Malaquías 4:2).
 
Doy gracias por la música que alivia mi mente y mi alma agitadas, y por la medicina que cura mi cuerpo, porque estas cosas me recuerdan sobre la sanidad y la restauración definitivas que Cristo está llevando a cabo.

“Jesús es especialista en restauraciones.”

Lectura del día: Lucas 7:11-23

lunes, 22 de noviembre de 2010

Reflexión lunes, 22 de noviembre de 2010

Tormentoso y despejado
Anne Cetas

“… esta leve tribulación momentánea…” —2 Corintios 4:17

El otro día me sentía deprimida por algunas circunstancias y me preguntaba cómo podría levantarme el ánimo. Saqué de un estante el libro de Susan Lenzkes Life Is Like Licking Honey Off a Thorn [La vida es como sacar miel de una espina], y leí: «Aceptamos la risa y las lágrimas como vengan, y dejamos que nuestro Dios de la realidad le ponga sentido a todo».
 
Lenzkes dice que algunas personas son optimistas, que «acampan en los placeres y en los buenos recuerdos», y que niegan las angustias. Otras son pesimistas, porque «se concentran en las pérdidas de la vida, y mientras lo hacen, pierden el gozo y la victoria». Pero las personas de fe son realistas, «aceptan todo —lo bueno y lo malo de la vida— y, vez tras vez, prefieren reconocer que Dios en verdad nos ama y que constantemente obra para nuestro bien y para Su gloria».
 
Mientras leía, miré afuera y observé nubes oscuras y una lluvia persistente. Poco después, apareció un viento agradable que se llevó las nubes. De pronto, el cielo estaba azul brillante. Las tormentas de la vida vienen y se van del mismo modo.
 
Por fe, nos aferramos a la promesa que Dios hace en Romanos 8:28 y recordamos que «esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Corintios 4:17). Dios nos ama y nos está preparando para el día en que el firmamento estará para siempre azul.

“Dios promete un aterrizaje seguro, pero no necesariamente un viaje calmo.”

Lectura del día: Romanos 8:18-30

domingo, 21 de noviembre de 2010

Reflexión domingo, 21 de noviembre de 2010

Boca de niños
David H. Roper

“De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza.” —Salmo 8:2

El Salmo 8 comienza con un contraste asombroso. Al parecer, David sugiere que, si bien Dios ha revelado Su gloria en los cielos, otra persuasiva respuesta para quienes objetan Sus verdades surge de las expresiones de un niño: «De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo» (v. 2).
 
¿Por qué es tan persuasiva la alabanza de un niño? Por un lado, se debe a que, a diferencia del universo impersonal, un niño puede conocer y amar a Dios.
 
Jesús citó el Salmo 8:2 cuando los líderes religiosos se escandalizaron porque los niños corrían por el templo exclamando: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mateo 21:15-16). Esos muchachitos sabían —cosa que los líderes desconocían— que Jesús era el Hijo de Dios largamente esperado.
 
Como padre, algunos de los momentos que más recuerdo son cuando me arrodillaba a la noche al lado de la cama de nuestros hijos, y ellos le expresaban a Dios lo que tenían en el corazón. La sencillez de su amor y su confianza mientras oraban me conmovía profundamente, disipaba mis dudas y temores y me hacía aferrar más a la fe.
 
Nunca debemos menospreciar a los pequeños que creen en Cristo (Mateo 18:6,10). El testimonio de ellos es grandioso, tal como lo es la proclama del firmamento.

“Los niños son joyas preciosas de Dios; ayúdalos a brillar para Cristo.”

Lectura del día: Salmo 8:1-2

sábado, 20 de noviembre de 2010

Reflexión sábado, 20 de noviembre de 2010

Lección mal aplicada
C. P. Hia

“Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” —Romanos 6:11

Después que un niño de cuatro años se metió en problemas en el jardín de infantes, la mamá le preguntó qué había hecho. Él lo explicó así: «Me enojé con un compañero mientras jugábamos, pero como tú me dijiste que no debía pegarle a nadie, ¡le pedí a un amigo que lo hiciera por mí!».
 
¿Dónde aprende esto un ser tan pequeño? La Biblia nos dice que no tienen que enseñárselo: ¡nació con eso incorporado! Es parte de la naturaleza pecaminosa que todos tenemos al nacer.
 
No obstante, los creyentes no tienen que reaccionar según su naturaleza caída. Pablo nos recuerda que «nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con [Cristo], […] a fin de que no sirvamos más al pecado» (Romanos 6:6). Somos una «nueva criatura» (2 Corintios 5:17), hemos sido liberados y hechos «siervos de Dios» (Romanos 6:22).
 
Aún así, todavía seguimos luchando contra nuestra carne y contra sus deseos pecaminosos (Romanos 7:18-19). Pero ahora que estamos «vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro», podemos reaccionar de una manera que honre al Señor (Romanos 6:11).
 
En vez de ser como el niño que trató de vengarse, podemos obedecer las instrucciones de Romanos 6:13: «Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios […] como instrumentos de justicia».

“La victoria se obtiene al cambiar el placer del pecado por el poder de Dios.”

Lectura del día: Romanos 6:1-14

viernes, 19 de noviembre de 2010

Reflexión viernes, 19 de noviembre de 2010

Orgullo nacional
Joe Stowell

“Mas vosotros sois linaje escogido, […] nación santa, […] para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas.” —1 Pedro 2:9

A mi esposa Martie y a mí nos encanta Inglaterra: su historia, su cultura y su gente. Cuando visitamos ese país, una de nuestras actividades favoritas es ir a conciertos al aire libre sobre las verdes laderas de antiguas propiedades. La última noche de conciertos es la mejor, con fuegos artificiales y cientos de ciudadanos que agitan pequeñas banderas británicas mientras cantan himnos patrios.
 
Nos encantaba unirnos a esa celebración… hasta el verano en que nuestros hijos nos acompañaron. Cuando comenzamos a blandir nuestras banderas junto con los entusiastas británicos, ellos nos miraron horrorizados. Todavía puedo escucharlos gritar más fuerte que la música: «¿Qué están haciendo? ¡Ustedes son norteamericanos!».
 
A menudo, Dios debe sentirse así cuando nos mezclamos y vivimos como los «locales» que nos rodean. Casi puedo oírlo decir: «¿Qué haces viviendo de ese modo? ¡Tú perteneces a mi nación!».
 
Pedro nos recuerda que somos distintos: una «nación santa» (1 Pedro 2:9). Ser santo significa que somos únicos, apartados para Dios; que estamos asemejándonos a Él y reflejando Su forma de vida caracterizada por una cultura diferente. Significa que perdonamos las crueles ofensas, que somos misericordiosos, bondadosos, veraces y leales a nuestras promesas. Simplemente, es ser como Él.
 
Así que, ¡comencemos a agitar la bandera de la santidad como miembros de la «nación de Jesús»!

“La lealtad a Jesús debe verse y oírse en nuestro andar.”

Lectura del día: 1 Pedro 2:9-17

jueves, 18 de noviembre de 2010

Reflexión jueves, 18 de noviembre de 2010

Chatarra espiritual
Dennis Fisher

“No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas…” —Hebreos 13:9

En muchos países, la obesidad infantil se ha incrementado más que nunca. Un culpable fundamental del aumento perjudicial de peso son los malos hábitos alimentarios y la comida chatarra.
 
Comida chatarra son productos que saben bien, pero que carecen de valor nutritivo y que, en general, tienen un alto contenido calórico y de grasas. Las papas fritas, las bebidas gaseosas, los dulces, las galletas y muchos alimentos que se compran en restaurantes de comida rápida tienen estas características.
 
Para tener un espíritu saludable, también debemos evitar la «chatarra espiritual». Algunos maestros de religión proclaman «un evangelio diferente» (Gálatas 1:6); desde tener salud y riqueza hasta experimentar una falsa espiritualidad. Y algunas canciones y libros cristianos también contienen doctrinas engañosas. Ingerir esta clase de «comida» quizá parezca satisfacer el hambre interior, pero no producirá buena salud espiritual.
 
Hebreos nos advierte: «No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia» (13:9). La falsa doctrina perjudica nuestra salud porque no puede limpiar del pecado ni dar poder para crecer espiritualmente. Sin embargo, la enseñanza bíblica basada en la gracia y en la verdad hace ambas cosas.
 
Evita la «chatarra espiritual» y, en su lugar, hazte un festín con la Palabra de Dios, para mejorar tu salud espiritual.

“Alimentarnos de la verdad de Dios impedirá que traguemos mentiras.”

Lectura del día: Hebreos 13:1-9

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Reflexión miércoles, 17 de noviembre de 2010

Decir sí y no
Albert Lee

“Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.” —1 Juan 3:10

Cuando nos lavamos las manos para quitar la suciedad y los gérmenes, ¿somos nosotros los que realmente las limpiamos? Sí y no. Para ser preciso, el jabón y el agua hacen la tarea, no nosotros. Sin embargo, somos nosotros los que decidimos usar estos elementos para lavarnos.
 
En 2 Timoteo 2, el apóstol Pablo nos dice: «Así que, si alguno se limpia […], será instrumento para honra» (v. 21). Esto no significa que nosotros mismos tengamos el poder para limpiarnos del pecado, sino que utilizamos la limpieza provista por Jesucristo, quien murió por nosotros en la cruz.
 
Filipenses 3:9 dice que «[somos hallados] en él, no teniendo [nuestra] propia justicia, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe».
 
Cuando recibimos a Cristo como Salvador, Su muerte y Su resurrección nos liberan de la culpa y del poder del pecado; y esto nos capacita para decir que sí y que no en la vida cotidiana. Podemos decir que no a los deseos de la carne o a las «pasiones juveniles», que mencionó Pablo (2 Timoteo 2:22); y decir que sí a la «justicia» (comportamiento correcto), a la «fe» (la creencia correcta), al «amor» (la reacción correcta) y a la «paz» (el objetivo correcto).
 
A medida que nos limpiemos diariamente, seremos un instrumento «útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra» (v. 21).

“Una mente correcta conduce a una vida recta.”

Lectura del día: 2 Timoteo 2:20-22

lunes, 15 de noviembre de 2010

Reflexión martes, 16 de noviembre de 2010

Diligencia diaria
David C. McCasland

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero […] que usa bien la palabra de verdad.” —2 Timoteo 2:15

El internacionalmente aclamado violinista Midori cree que la práctica concentrada y diligente es la clave para una buena ejecución. Mientras cumplía un riguroso calendario de 90 conciertos por año, igualmente ensayaba 5 ó 6 horas por día. Jane Ammeson, en la revista NWA WorldTraveler, citó estas palabras de Midori: «Tengo que practicar para mi trabajo y lo hago todos los días […]. En realidad, lo importante no es la cantidad de horas, sino la calidad del trabajo que hay que hacer. Veo que los alumnos ejecutan un instrumento y lo llaman ensayo, pero no escuchan ni observan con cuidado. Tener un manual abierto no significa que uno esté estudiando».
 
Este mismo principio se aplica a nuestro andar en la fe. Pablo le escribió a Timoteo: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15). Diligencia implica un esfuerzo constante y serio, lo opuesto a un enfoque descuidado y desatento. Abarca todos los aspectos de nuestra relación con Dios.
 
Así como un músico procura la excelencia, nosotros también debemos desear servir a Dios con confianza, procurar Su aprobación y anunciar eficazmente Su Palabra a otras personas.
 
¿Soy diligente al estudiar, orar y escuchar al Señor en el día de hoy?

“Dios les habla a quienes se ocupan de escuchar y escucha a los que se ocupan de orar.”

Lectura del día: 2 Timoteo 2:3-16

Reflexión lunes, 15 de noviembre de 2010

Cruza la cerca
Dave Branon

“… estando Jesús a la mesa en casa de él [Leví], muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús.” —Marcos 2:15

Pensando en causar daño, dos jóvenes se acercaron a un autobús misionero, usado para evangelizar, estacionado en el centro de una ciudad alemana.
 
Los misioneros estaban allí para ofrecer refrescos y usar ese medio para iniciar conversaciones sobre Cristo. Los dos visitantes, que llevaban pañuelos con figuras de calaveras y huesos cruzados, se acercaron para provocar disturbios.
 
Sin embargo, aquellos misioneros cristianos no reaccionaron como esperaban los rufianes, sino que los recibieron con calidez y los hicieron participar en el debate. Sorprendidos, los muchachos se quedaron lo suficiente como para escuchar el evangelio. Uno de ellos puso su fe en Jesús ese mismo día; el otro, al día siguiente.
 
Culturalmente, esos dos jóvenes y los misioneros que los alcanzaron para Cristo estaban a años luz de distancia. Los muchachos eran alemanes; los misioneros, norteamericanos. Unos, involucrados en un ámbito de oscuridad y de muerte; los otros, emanaban luz. La barrera cultural se eliminó con galletas y con un amor sin prejuicios.
 
Observa las personas que te rodean. ¿Cómo puedes demostrarles amor incondicional e incuestionable a aquellos que están del otro lado de la cerca cultural? ¿Qué podrías hacer para eliminar la barrera y ayudarlos a ver que el amor de Jesús no sabe de límites?
 
Cruza la cerca. Preséntale a Cristo a esa cultura… aunque no se parezca en nada a la tuya.

“Con nuestro testimonio de Cristo iluminamos este mundo en tinieblas.”

Lectura del día: Marcos 2:13-17

domingo, 14 de noviembre de 2010

Reflexión domingo, 14 de noviembre de 2010

No es para reírse
Bill Crowder

“Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.” —2 Timoteo 3:12

Mientras recorríamos con mi esposa un centro de compras, encontramos un puesto de venta de camisetas. A medida que mirábamos cómo eran y leíamos sus habitualmente humorísticos refranes, observé una con un mensaje perturbador. Decía: «Tantos cristianos; tan pocos leones». Esa referencia a la práctica del siglo i de arrojar cristianos a los leones en el Coliseo de Roma no era nada divertida.
 
La persecución no es un tema para reírse. Poco después de que aquellos valerosos cristianos enfrentaran la muerte en ese cruel deporte romano, Pablo escribió: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3:12). La persecución es inevitable, y debería ser un asunto digno de preocupación para todos los creyentes. De hecho, en este preciso momento hay hermanos en Cristo, en todo el mundo, que sufren a causa del nombre de Jesús.
 
¿Qué podemos hacer al respecto? En primer lugar, orar para que Dios los consuele en medio del sufrimiento. Segundo, ayudar a familiares que quedan sin sustento económico cuando sus seres queridos son apresados. Tercero, orar ahora pidiendo coraje, en caso de que debamos enfrentar persecuciones. Cuando el apóstol Pablo fue encarcelado por su fe, su valentía incentivó a otros a testificar con más denuedo (Filipenses 1:14).
 
¿Quieres alentar a la iglesia perseguida? Ora. Después, proclama el mensaje por el que sufren esos creyentes.

“Encontramos valor para mantenernos de pie cuando nos arrodillamos delante del Señor.”

Lectura del día: Filipenses 1:12-20

sábado, 13 de noviembre de 2010

Reflexión sábado, 13 de noviembre de 2010

Significativo
Cindy Hess Karper

“No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado.” —Salmo 139:15

Una antigua serie de televisión mostraba un establecimiento que los clientes supuestamente frecuentaban a diario. La idea era que constituía un lugar agradable donde «todos saben tu nombre».
 
Cada uno de nosotros quiere ser aceptado y caer bien en todas partes. Sin embargo, algunas personas viven marginadas, donde puede resultar difícil sentir que uno es valioso, significativo o que su vida le importa a alguien. A veces, esto le ocurre a los niños: demasiado altos, cuando los otros chicos todavía no tuvieron el estirón del crecimiento; demasiado gordos, cuando los demás son más delgados; demasiado inteligentes, cuando sus compañeros de clase luchan por aprender; o «no lo suficientemente inteligentes» en comparación con el resto. De niño, ser diferente puede provocar burla o intimidación de parte de los demás. Sin embargo, un adulto que no encaja en el entorno quizá sea simplemente ignorado; tan insignificante, que se siente invisible.
 
Pero ¡qué tremendamente importantes somos a los ojos de Dios! Fuimos tan valorados que envió a Su Hijo para pagar el castigo de nuestros pecados y para permitirnos tener comunión con Él. Fuimos creados a la imagen de Dios (Génesis 1:27), y Él nos diseñó y se ocupó de cada detalle de nuestra vida aun antes de que naciéramos (Salmo 139:1-16). Aunque no siempre nos sintamos importantes, nuestro Padre nos ama profundamente.

“El Dios que creó el universo es el mismo que te ama a ti.”

Lectura del día: Salmo 139:1-16

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Reflexión miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Por dónde empiezo?
Anne Cetas

“A Jehová clamé estando en angustia, y él me respondió.” —Salmo 120:1

Hace varios años, iba conduciendo por la autopista cuando mi coche dejó de andar. Estacioné al costado del camino, salí del auto y abrí el capó. Mientras miraba el motor, pensé: ¿De qué vale todo esto?… No entiendo nada de automóviles. ¡Ni siquiera sé por dónde empezar!
 
A veces, es probable que nos sintamos así en cuanto a cómo orar: ¿Por dónde empiezo? Esto es lo que querían saber los discípulos cuando le dijeron a Jesús: «Enséñanos a orar» (Lucas 11:1). El mejor lugar para buscar instrucciones es en el ejemplo y en la enseñanza del Señor. Dos preguntas que quizá te hagas son las siguientes:
 
¿Dónde debo orar? Jesús oró en el templo, en el desierto (Lucas 4), en lugares tranquilos (Mateo 14:22-23), en el huerto de Getsemaní (Lucas 22) y en la cruz (Lucas 23:34,36). Oró a solas y con otros. Observa Su vida, sigue Su ejemplo y ora dondequiera que estés.
 
¿De qué manera debo orar? En el Padre Nuestro, Jesús nos enseñó que debemos santificar el nombre de Dios y pedir que Su voluntad se haga en la tierra así como se cumple en el cielo. Pídele que provea diariamente para tus necesidades, que perdone tus pecados y que te libre de la tentación y del mal (Lucas 11:2-4).
 
Así que, si estás buscando un buen lugar donde empezar, sigue el ejemplo del «Padre Nuestro».

“Si Jesús necesitaba orar, ¡cuánto más nosotros!”

Lectura del día: Lucas 11:1-10

martes, 9 de noviembre de 2010

Reflexión martes, 9 de noviembre de 2010

Una virtud especial
Dennis Fisher

“El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” —Gálatas 5:22-23

En su libro Food in Medieval Times [Comidas en la Edad Media], Melitta Adamson escribe sobre los deleites culinarios en la Europa de aquella época. Carne de animales salvajes, pasteles, budines y otras comidas exóticas ilustran el placer creativo de preparar alimentos. Pero con todos estos manjares maravillosos hay un problema: comer en exceso. Esta tendencia se agravaba con el calendario cristiano, colmado de ayunos y de fiestas. En general, la glotonería seguía a la abstinencia alimentaria.
 
Para tratar este problema, el teólogo Tomás de Aquino destacó la cualidad del carácter cristiano de la templanza, a la que denominaba «una virtud especial». Consideraba que el dominio propio debía extenderse a todas las áreas de la vida.
 
Para el creyente, la templanza o moderación no procede de una profunda fuerza de voluntad humana, sino del Espíritu Santo que nos la da: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…» (Gálatas 5:22-23). El dominio propio es esa característica generada por el Espíritu, que nos capacita para tener «mucha disciplina» (1 Corintios 9:25 NVI).
 
El exceso de indulgencia en la comida, el descanso, el trabajo, la recreación, el servicio y una variedad de «cosas buenas» sólo puede corregirse con el equilibrio de la templanza. Dedica unos minutos para pedirle a Dios que produzca en ti esta virtud especial.

“Para tener dominio propio, deja que te domine el Espíritu.”

Lectura del día: 1 Corintios 9:24-27

lunes, 8 de noviembre de 2010

Reflexión lunes, 8 de noviembre de 2010

Apunta alto
Dave Branon

“… perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros.” —2 Corintios 13:11

Cuando mi hija y su familia vinieron a visitarnos, tuve la oportunidad de invitar a una salida de «hombres» a mi hijo y a mis dos yernos.
 
Decidimos que, mientras las mujeres iban de compras, nosotros iríamos a un polígono de tiro a practicar disparos al blanco. Rentamos dos pistolas y apuntamos a los objetivos. Mientras tirábamos, los cuatros nos dimos cuenta de que, en una de las armas, la mira estaba colocada demasiado baja. Si apuntábamos con esa mira, pegábamos en la parte inferior del blanco. Para dar cerca del centro, debíamos apuntar más arriba.
 
¿La vida no se parece un poco a eso? Si ponemos la mira muy abajo, no logramos todo lo que podríamos. A veces, debemos apuntar alto para alcanzar una meta deseada.
 
¿Cuál debería ser nuestro objetivo en la vida? ¿A qué altura tendrían que apuntar nuestras ambiciones? Bien, como las Escrituras son nuestra guía verdadera, a lo único que debemos apuntar es a la madurez espiritual. En efecto, cuando Pablo se despedía de la gente de Corinto, dijo: «… perfeccionaos…» (2 Corintios 13:11). Y Jesús también expresa con Sus labios el elevado objetivo de estas palabras: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:48).
 
La perfección es un blanco excelente, y en esta vida no lograremos alcanzarla, pero si queremos honrar a Dios y acercarnos a esa meta sublime, debemos apuntar alto.

“El milagro de la conversión se produce en un instante; madurar lleva toda la vida.”

Lectura del día: Hebreos 5:13-6:3

domingo, 7 de noviembre de 2010

Reflexión domingo, 7 de noviembre de 2010

Dios en la iglesia
Joe Stowell

“Vivan de manera digna del Señor…” —Colosenses 1:10

Me encanta leer los letreros de las iglesias; esos que uno ve en las carteleras al frente de los edificios. Hace poco, observé uno que decía: «Entre y experimente la presencia de Dios». Esta frase me llamó la atención, fundamentalmente porque es una promesa importante de hacer y a veces difícil de cumplir. Difícil porque, si no tenemos cuidado, nuestras congregaciones pueden reflejar más la presencia de su gente que la de nuestro Dios.

Por lo tanto, ¿qué debería hacer una iglesia para manifestar la presencia del Señor? ¡Sus integrantes tienen que vivir como Él! Una manera grandiosa de empezar sería poner en práctica acciones como la hospitalidad; la aceptación amorosa de toda clase de personas; la disposición a servir; el amor tangible de unos por otros, que hace que la gente se sienta segura e incluida sin importar el color o la posición social; y la tolerancia paciente ante las debilidades mutuas. Pablo dijo que deberíamos andar de un modo «digno del Señor» (Colosenses 1:10), y también señaló que ser digno significa que debemos ser humildes, amables, soportándonos unos a otros en amor, manteniendo con solicitud la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:2-3).

Vivamos de tal manera que las demás personas experimenten la presencia del Dios que vive en nosotros… dondequiera que estemos, pero, en especial, en la iglesia.

“Los que caminan con Cristo llevan la presencia de Dios ante quienes los rodean.”

Lectura del día: Colosenses 1:9-14

sábado, 6 de noviembre de 2010

Reflexión sábado, 6 de noviembre de 2010

¡Hazlo ya!
David C. McCasland

“Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno […] se endurezca por el engaño del pecado.” —Hebreos 3:13

Hace varios años, un amigo me llevó a un seminario especializado en motivación, que disfruté muchísimo. En vez de centrarse en el dinero y en el éxito, los líderes nos guiaron para que entendiéramos la singularidad de nuestra identidad y el propósito que tenemos en la vida. Después, nos proporcionaron algunos métodos útiles para una existencia eficaz. Me quedó en la mente un lema: «Hazlo ya». El principio que nos enseñaron fue que evitar una tarea requiere tanta energía como hacerla. Dejar las cosas para más tarde consume la fuerza; concretarlas produce alivio.

Una aplicación espiritual puede verse en Hebreos 3, un pasaje inundado de una sensación de inmediatez al llamarnos a obedecer al Señor. «… Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación […], antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado» (vv. 7-8,13). No sabemos cuánto les habría llevado a los hijos de Israel entrar en la tierra prometida si hubiesen obedecido a Dios, pero los 40 años de viaje fueron el resultado de la falta de disposición en sus corazones. Toda una generación se perdió la aventura de toda una vida (vv. 8-11).

Cuando sepamos cómo quiere el Señor que vivamos, ¿por qué no decimos simplemente «¡Sí!»? Sin discusión, sin retraso. Hazlo ya.

“¡Hazlo ya! Hoy es el ayer de mañana.”

Lectura del día: Hebreos 3:7-15

viernes, 5 de noviembre de 2010

Reflexión viernes, 5 de noviembre de 2010

Una marca duradera
Bill Crowder

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre…” —Mateo 5:16

Caerleon es una aldea galesa con profundas raíces históricas. Fue uno de los tres lugares del Reino Unido donde las legiones romanas se apostaron durante la ocupación de Gran Bretaña. Aunque la presencia militar terminó hace unos 1.500 años, la impronta de esa ocupación todavía se observa en la actualidad. Gente de todo el mundo visita el fuerte militar, las barracas y el anfiteatro, recordatorios de la época cuando Roma gobernaba el mundo y ocupaba Gales.

Me asombra que, quince siglos después, todavía se vean con tanta claridad pruebas de la presencia romana en esa pequeña comunidad.

Sin embargo, me pregunto sobre otra clase de impronta: la de Cristo en nuestras vidas. ¿Permitimos que otros vean claramente Su presencia? ¿Pueden las personas que interactúan con nosotros saber que Jesús vive en nuestro interior?

Jesús nos llama a exhibir Su presencia en nuestra vida para la gloria de Dios el Padre. Dice: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Mediante la luz de nuestro testimonio y el impacto de nuestros actos de servicio, la gente debería poder ver pruebas de la presencia de Dios en nuestra vida. ¿Las ven? ¿Pueden ver Su impronta?

“Que tu testimonio se escriba con letras grandes para que el mundo siempre pueda leerlas.”

Lectura del día: Mateo 5:13-20

jueves, 4 de noviembre de 2010

Reflexión jueves, 4 de noviembre de 2010

Recuerda a Juan
Julie Ackerman Link

“He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel.” —2 Reyes 5:15

Juan es un hombre humilde y analfabeto; sin embargo, Dios lo utilizó para iniciar el proceso de paz en Mozambique. Su nombre no se menciona en ningún documento oficial; lo único que hizo fue organizar un encuentro entre dos de sus conocidos: el embajador de Kenia Bethuel Kiplagat y un mozambiqueño. Pero esa presentación desencadenó los acontecimientos que condujeron a un tratado de paz, después de diez años de guerra civil.

Como resultado de esa experiencia, el embajador Kiplagat aprendió lo importante que es respetar a todas las personas. «Uno no desestima a la gente por ser inculta, por ser negra, por ser blanca, por ser mujer, por ser vieja o joven. Todo encuentro es algo sagrado, y debemos valorarlo —dijo el embajador. —Uno nunca sabe qué enseñanza puede haber allí».

La Biblia confirma que esto es cierto. Naamán era un gran hombre en Siria cuando se enfermó de ese terrible mal que es la lepra. Una joven sierva, a quien él había capturado, le dijo a su esposa que el profeta Eliseo podía curarlo. Como Naamán estuvo dispuesto a prestarle atención a esta humilde muchacha sirviente, se salvó de morir y llegó a conocer al único Dios verdadero (2 Reyes 5:15).

El Señor suele hablarnos a través de aquellos a quienes pocos están dispuestos a escuchar. Para oír a Dios, asegúrate de escuchar a los humildes.

“Dios utiliza personas comunes para llevar a cabo Su plan, que es fuera de lo común.”

Lectura del día: 2 Reyes 5:1-15

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Reflexión miércoles, 3 de noviembre de 2010

Nunca me va a pasar
Dennis Fisher

“En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido.” —Salmo 30:6

En 1995, el actor Christopher Reeve quedó paralítico tras un accidente mientras cabalgaba. Antes de esa tragedia, había representado en una película el papel de un parapléjico. Mientras se preparaba, Reeve visitó varias veces un centro de rehabilitación. Luego recordaba: «Cada vez que me iba de aquel lugar, decía: “Gracias a Dios que esto no es para mí”». Después del accidente, el actor se lamentaba de lo dicho, y agregaba: «Me abstraía tanto de esas personas que estaban sufriendo, y no me daba cuenta de que un segundo más tarde podía tocarme a mí». Y lamentablemente, para él, así fue.

Nosotros también podemos observar los problemas de los demás y pensar que a nosotros nunca podría sucedernos algo igual. En especial, si nuestro andar en la vida nos ha dado cierto éxito, seguridad financiera y armonía familiar. El rey David admitió que, en un momento de vanidad y de autosuficiencia, cayó en la trampa de sentirse invulnerable: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido» (Salmo 30:6). No obstante, reaccionó de inmediato y redirigió su corazón para alejarlo de tal jactancia. Recordó que anteriormente había enfrentado la adversidad y que Dios lo había liberado: «Has cambiado mi lamento en baile» (v. 11).

Ya sea que el Señor nos haya enviado bendiciones o pruebas, igualmente merece nuestra gratitud y nuestra confianza.

“En las buenas o en las malas, Dios es lo que más necesitamos.”

Lectura del día: Salmo 30:6-12

martes, 2 de noviembre de 2010

Reflexión martes, 2 de noviembre de 2010

Bondad sin fronteras
Marvin Williams

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia.” —Lucas 10:33

Uno de los mayores obstáculos para mostrar compasión es prejuzgar sobre quién creemos que la merece. Jesús relató una parábola para responder la pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lucas 10:29). Es decir, ¿quién merece nuestras acciones bondadosas?
Jesús contó sobre un hombre que viajaba por el notoriamente peligroso camino que unía Jerusalén con Jericó. Durante el recorrido, se encontró con unos ladrones que lo asaltaron, lo golpearon y lo abandonaron pensando que estaba muerto. Unos judíos religiosos (un sacerdote y un levita) pasaron junto a él, pero por el otro lado del camino, quizá ante el temor de contaminarse para ejercer sus rituales religiosos. Pero pasó un samaritano que demostró una compasión incondicional hacia el hombre extraño y herido.
Es probable que los oyentes de Jesús hayan contenido el aliento ante estas palabras, porque los judíos despreciaban a los samaritanos. Aquel samaritano podría haber limitado su compasión o discriminado al moribundo judío. Sin embargo, no circunscribió su bondad a aquellos a quienes consideraba dignos de recibirla, sino que vio un ser humano necesitado y decidió ayudarlo.
¿Estás limitando tu bondad a las personas que consideras merecedoras de ella? Como seguidores de Jesús, busquemos formas de demostrar bondad a todos; en especial, a aquellos que juzgamos indignos de recibirla.

“Nuestro amor a Cristo sólo es tan real como nuestro amor al prójimo.”

Lectura del día: Lucas 10:25-37

lunes, 1 de noviembre de 2010

Reflexión lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Acopiar o acaparar?
Jennifer Benson Schuldt

“… tal como viene el hombre, así se va.” —Eclesiastés 5:16

Alfombras, lámparas, lavarropas y secarropas, incluso alimentos en los anaqueles… ¡todo estaba en venta! Un día, con mi esposo nos detuvimos en una casa donde se vendía toda clase de cosas. Quedamos pasmados ante la cantidad de artículos que había. Platos de todas clases cubrían la mesa del comedor; decoraciones navideñas llenaban el pasillo delantero; herramientas, autos de juguete, tableros de juegos de mesa y muñecas antiguas inundaban el garaje. Cuando nos fuimos, me pregunté si los dueños se mudarían, necesitarían desesperadamente dinero o se habrían muerto.

Eso me recordó las palabras de Eclesiastés: «… tal como viene el hombre, así se va» (5:16 NVI). Nacemos con las manos vacías y dejamos este mundo del mismo modo. Lo que compramos, organizamos y almacenamos sólo es nuestro durante un tiempo; y todo está en proceso de deterioro. Las polillas se comen nuestra ropa; incluso el oro y la plata pueden perder su valor (Santiago 5:2-3). A veces, las «riquezas […] se pierden en un mal negocio» (Eclesiastés 5:14 NVI) y nuestros hijos, después de que morimos, no llegan a disfrutar de lo que poseíamos.

Acaparar bienes aquí y ahora es insensato porque no podemos llevarnos nada al morir. Lo importante es tener una actitud correcta hacia lo que tenemos y sobre cómo usamos lo que Dios nos ha dado. Así estaremos acopiando nuestro tesoro en el lugar donde corresponde: el cielo.

“Soltar las posesiones terrenales te permite asir el tesoro celestial.”

Lectura del día: Eclesiastés 5:8-17