martes, 30 de noviembre de 2010
Reflexión martes, 30 de noviembre de 2010
lunes, 29 de noviembre de 2010
Reflexión lunes, 29 de noviembre de 2010
domingo, 28 de noviembre de 2010
Reflexión domingo, 28 de noviembre de 2010
sábado, 27 de noviembre de 2010
Reflexión sábado, 27 de noviembre de 2010
viernes, 26 de noviembre de 2010
Reflexión viernes, 26 de noviembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
Reflexión jueves, 25 de noviembre de 2010
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Reflexión miércoles, 24 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Reflexión lunes, 22 de noviembre de 2010
domingo, 21 de noviembre de 2010
Reflexión domingo, 21 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
Reflexión sábado, 20 de noviembre de 2010
viernes, 19 de noviembre de 2010
Reflexión viernes, 19 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Reflexión jueves, 18 de noviembre de 2010
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Reflexión miércoles, 17 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Reflexión martes, 16 de noviembre de 2010
Reflexión lunes, 15 de noviembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
Reflexión domingo, 14 de noviembre de 2010
sábado, 13 de noviembre de 2010
Reflexión sábado, 13 de noviembre de 2010
“No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado.” —Salmo 139:15
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Reflexión miércoles, 10 de noviembre de 2010
martes, 9 de noviembre de 2010
Reflexión martes, 9 de noviembre de 2010
lunes, 8 de noviembre de 2010
Reflexión lunes, 8 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
Reflexión domingo, 7 de noviembre de 2010
sábado, 6 de noviembre de 2010
Reflexión sábado, 6 de noviembre de 2010
Una aplicación espiritual puede verse en Hebreos 3, un pasaje inundado de una sensación de inmediatez al llamarnos a obedecer al Señor. «… Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación […], antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado» (vv. 7-8,13). No sabemos cuánto les habría llevado a los hijos de Israel entrar en la tierra prometida si hubiesen obedecido a Dios, pero los 40 años de viaje fueron el resultado de la falta de disposición en sus corazones. Toda una generación se perdió la aventura de toda una vida (vv. 8-11).
Cuando sepamos cómo quiere el Señor que vivamos, ¿por qué no decimos simplemente «¡Sí!»? Sin discusión, sin retraso. Hazlo ya.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Reflexión viernes, 5 de noviembre de 2010
Me asombra que, quince siglos después, todavía se vean con tanta claridad pruebas de la presencia romana en esa pequeña comunidad.
Sin embargo, me pregunto sobre otra clase de impronta: la de Cristo en nuestras vidas. ¿Permitimos que otros vean claramente Su presencia? ¿Pueden las personas que interactúan con nosotros saber que Jesús vive en nuestro interior?
Jesús nos llama a exhibir Su presencia en nuestra vida para la gloria de Dios el Padre. Dice: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Mediante la luz de nuestro testimonio y el impacto de nuestros actos de servicio, la gente debería poder ver pruebas de la presencia de Dios en nuestra vida. ¿Las ven? ¿Pueden ver Su impronta?
jueves, 4 de noviembre de 2010
Reflexión jueves, 4 de noviembre de 2010
Como resultado de esa experiencia, el embajador Kiplagat aprendió lo importante que es respetar a todas las personas. «Uno no desestima a la gente por ser inculta, por ser negra, por ser blanca, por ser mujer, por ser vieja o joven. Todo encuentro es algo sagrado, y debemos valorarlo —dijo el embajador. —Uno nunca sabe qué enseñanza puede haber allí».
La Biblia confirma que esto es cierto. Naamán era un gran hombre en Siria cuando se enfermó de ese terrible mal que es la lepra. Una joven sierva, a quien él había capturado, le dijo a su esposa que el profeta Eliseo podía curarlo. Como Naamán estuvo dispuesto a prestarle atención a esta humilde muchacha sirviente, se salvó de morir y llegó a conocer al único Dios verdadero (2 Reyes 5:15).
El Señor suele hablarnos a través de aquellos a quienes pocos están dispuestos a escuchar. Para oír a Dios, asegúrate de escuchar a los humildes.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Reflexión miércoles, 3 de noviembre de 2010
Nosotros también podemos observar los problemas de los demás y pensar que a nosotros nunca podría sucedernos algo igual. En especial, si nuestro andar en la vida nos ha dado cierto éxito, seguridad financiera y armonía familiar. El rey David admitió que, en un momento de vanidad y de autosuficiencia, cayó en la trampa de sentirse invulnerable: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido» (Salmo 30:6). No obstante, reaccionó de inmediato y redirigió su corazón para alejarlo de tal jactancia. Recordó que anteriormente había enfrentado la adversidad y que Dios lo había liberado: «Has cambiado mi lamento en baile» (v. 11).
Ya sea que el Señor nos haya enviado bendiciones o pruebas, igualmente merece nuestra gratitud y nuestra confianza.
martes, 2 de noviembre de 2010
Reflexión martes, 2 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
Reflexión lunes, 1 de noviembre de 2010
Eso me recordó las palabras de Eclesiastés: «… tal como viene el hombre, así se va» (5:16 NVI). Nacemos con las manos vacías y dejamos este mundo del mismo modo. Lo que compramos, organizamos y almacenamos sólo es nuestro durante un tiempo; y todo está en proceso de deterioro. Las polillas se comen nuestra ropa; incluso el oro y la plata pueden perder su valor (Santiago 5:2-3). A veces, las «riquezas […] se pierden en un mal negocio» (Eclesiastés 5:14 NVI) y nuestros hijos, después de que morimos, no llegan a disfrutar de lo que poseíamos.
Acaparar bienes aquí y ahora es insensato porque no podemos llevarnos nada al morir. Lo importante es tener una actitud correcta hacia lo que tenemos y sobre cómo usamos lo que Dios nos ha dado. Así estaremos acopiando nuestro tesoro en el lugar donde corresponde: el cielo.